Orson y la isla de los besos perdidos.






Para cuándo notaron que su ausencia no había sido tan efímera como les tenía acostumbrados, Orson llevaba tres días de navegación por aguas del Adriático, con una brújula que zigzagueaba, a ratos apuntando al Norte, a ratos al Oeste, comida para una semana y sobre todo viento de cola.

Y es que éste joven "lunático" creía que había lugares diferentes, sitios en los que recalar y mirar al mar de otro modo, destinos en los que se refugiaban los buenos deseos, los sueños o las promesas de amor eternas.

Con estas pertenencias, tomó rumbo hacia un lugar desconocido, según escribió en su diario "la isla de los besos perdidos" la llamaba, de la que había oído hablar cuando era un niño, en la que al parecer se refugiaban los besos que los amantes lanzaban al vacío. Tal vez fuese un cuento dulce, pero él creyó que era posible, y se aferró a la idea de llegar hasta allí, esperando encontrar en ella, los que su adorada Giselle le enviaba cuándo de jóvenes se escribían cartas de amor, ahora que otras travesías, les habían situado en otros mundos tan distantes, en otras islas.

Ni que decir tiene que Orson, además de iluso, estaba algo trastornado. Sus allegados pensaron que una vez que por fin se decidió a acometer aquella insensata aventura, jamás volverían a verlo.

Un mes después, un guardacostas italiano, divisó a la deriva una pequeña embarcación, en ella aún quedaba comida enlatada, todo parecía en orden y no había señales ni de violencia o accidente. También les llamó la atención una nota dirigida a sus padres: "Estoy bien. No os preocupéis. Soy feliz. La encontré. Es suficiente para mí. Os quiero. Cuidaos mucho".


Reedición. Septiembre de 2009.
Fotografía: Dubrovnick * A. Morales (c)