Memorias de una fea escritas por un estúpido.
Es cierto que desde mi perspectiva de hombre básico, la circunscripción del concepto belleza tiene unas connotaciones rígidas en cuanto a lo formal del asunto, y es muy fácil predeterminar que es bello y que no, y con la definición viene la demoledora concepción y de su mano la postergación a un segundo, tercer o inexistente plano de todo aquello que no obtenga plaza en el canon. Todo esto es muy elemental y genuinamente estúpido por cuanto condeno a tantas cosas a esos espacios de marginación, sean personas o no, y del mismo modo en la vida real, la belleza sui generis actúa de un modo demoledor casi rozando el más puro nazismo, agrupando a un lado y otro, separando en perfectas asociaciones a feos y guapos. Esta desviación psíquica no actúa solo contra otros también es mi propio repelente y autocastigo por cuanto cada vez soy más crítico conmigo mismo, al quedar marginado de ese mismo canon que esculpe el concepto de belleza, vamos que no me soporto visualmente ni medio segundo y cada vez la repulsión es mayor.
Dicho todo esto, y ahora viene mi reflexión.... conducía hacia Sevilla cuando un semáforo me puso en línea con una furgoneta domestica de estas que sirven para todo, cargar personas o cualquier abastecimiento que se precie. El momento fue único y transcendental, algo que ninguna guapa ha conseguido, que no es otra cosa que hacerme emocionar y sentir verdadero pánico por el horror de mi festiva actitud. En aquel vehículo, en el asiento de atrás viajaba una mujer, una chica de unos veintipocos años. La naturaleza le agració con una cabeza desproporcionada, incluso parecía presentar cierta deformación, ese detalle que la hace mitad monstruo mitad humana, algo que sin duda la había proscrito de muchas situaciones comunes, viviendo postergada a otros espacios en los que ver sin ser vista. Cruzamos la mirada un par de veces, primero un hecho espontaneo, casual, después curiosidad, morbo tal vez y cada vez que lo hacíamos, un gesto femenino dulce, tímido, inmensamente bello aparecía tras de aquella mascara humana, la mujer que vivía agazapada dentro de ella pretendía salir, pero su otro yo, la que la repudiaba, la hacía contenerse, esconderse, volverse hacia dentro. No he encontrado tanta humanidad en tan breves instantes como en ese momento, ni me he encontrado más inhumano por cuanto en tantas ocasiones ni me fijado, ni he mantenido la mirada, sino que simplemente he desdeñado el perfil de esos otros que no daban la talla de una belleza impositiva, simplista, sexista, fugaz, inhumana a la que casi todos nos plegamos siendo sin saberlo víctimas y verdugos en un baile cruel sin final que cada vez es más grotesco, vulgar y carente de sentimientos.
Aquella muchacha probablemente no haya conocido a su estereotipo de príncipe azul, y estando como está el patio más nos vale un buen jornalero, trabajador y cariñoso que un impostado y estirado panfleto de estilismo social. Ella no lo sabrá nunca, pero le agradezco los 5 segundos de humanidad con los que aquella mujer me regaló aquella mañana, aún hoy al recordarlo es capaz de contagiarme con un enorme sentimiento de armonía y reencuentro entre seres sencillamente diferentes.
Estoy cansado de la suerte de la guapa/o, y de que por este hecho banal la vida tenga una dimensión diferente. No es justo. Y además conviene no olvidar que el 80% de la atracción inicial es meramente animal, y ya se sabe entre animales solo vale oler, marcar y depositar semillas, y a otra cosa mariposa.
Hoy, me he alejado al menos unos centímetros de ese Mengele repulsivo que forma parte de mi propia personalidad en cuestiones de belleza.
Hoy, me he alejado al menos unos centímetros de ese Mengele repulsivo que forma parte de mi propia personalidad en cuestiones de belleza.
Fotografías: A.Morales. (c)
"La soledad es necesaria para gozar de nuestro propio corazón y para amar, pero para triunfar en la vida es preciso dar algo de nuestra vida al mayor número de gentes."
Stendhal
