París en enero.
Este París que he vuelto a ver, parece adscrito a su pasado más monumental. No quedan demasiados rescoldos de aquellos viejos-ilustres rompe-esquemas, sus barrios más emblemáticos se han convertido en barrios sin más. No se divisa ese perfume de la mística que hace cultivar el genio a los artistas, tan solo su tenue huella. París es una ciudad que vive de sus ahorros que no transgrede, que no empuja, que solo mantiene, que pule y da brillo. Es una ciudad rectilínea, transparente, simétrica, oportunamente bien aprovechada, pero sin artistas. Aquellas francesas, de estilizado corte, glamourosas, únicas, impecables, hoy viven tamizadas con la presencia de todas las etnias y los mercadillos, como en cualquier lugar de este sur Europeo van regando de productos mal elaborados, cobrados en negro y pagados en francos para colaborar a esa mala versión de la aldea global que pretende sustituir lo singular por lo bastardo. Para mí un París sin acordeón en sus calles, sin un loco creador de formas fiel a si mismo o un libre pensador capaz de mirar dónde nadie alcanza, no es París que se precie. Por lo demás, París es esa otra vieja dama enjoyada, con memoria, con cuentos para contar a oscuras, con callejones por los que no transitar, con pequeñas provocaciones que invitan a pensar que tal vez haya una nueva oportunidad. Es la letanía de la ciudad, históricamente los barrios fueron mudando su piel, como lo cantara Aznavour en su Bohème, ahora por el contrario es toda la ciudad la que tiene ese aspecto que necesita reencontrarse consigo misma.
Yo les hablo de un tiempo
Que los menores de veinte años
No pueden conocer
Montmartre en ese tiempo
Descolgaba sus lilas
Justo bajo nuestras ventanas.
Y si el humilde cuartito
Que nos servía de nido
No tenía buen aspecto.
Es ahí que nos conocimos
Yo que pasaba hambre
Y tú que posabas desnuda.
La bohemia, la bohemia
Charles Aznavour








