La Luna de octubre (V)

A través del portal de Air
France registró la reserva del vuelo París-Siena. En dos horas pisaría tierras
italianas, luego un apetecible viaje en autobús de apenas treinta minutos la
llevarían a su destino. Ya conocía la ruta de otras ocasiones y la campiña
toscana. El murmullo de las voces de las gentes del lugar y su gesticulación
siempre le evocaban una infancia campestre, como si se reconociese en esos
sonidos, algo tan absurdo como frecuente. En cualquier caso toda aquella
escenografía la relajaban y Eugene se dejaba llevar.
Tuvo tiempo de abstraerse e
irremediablemente una y otra vez volvía a Cusack, tratando de encontrar el giro
que no acertaba a descubrir. Podía ser una especie de acertijo, una obstinación
inútil o una quimera que no condujese a ninguna parte. No obstante sabía que
algo no encajaba.
Fascinada con aquel
personaje, Eugene Trosác se trasladó a Mons Sancti Michaeli a
principios de la primavera de 2009. Su diligente observación, la hizo ser
testigo de cómo el profesor Cusack especialmente en la bajamar se mostraba
inquieto, muy activo y especialmente laborioso cuándo coincidía con
la luna nueva, períodos en los que el mar retrocedía espectacularmente,
mientras que el resto de días era frecuente observarle con aparente calma,
incluso llegaba a distraerse reparando en pequeñas rocas o la escasa vegetación
a pie de playa, para finalmente sentarse en un peñasco y corregir sus
anotaciones con la complicidad de la brisa transportada por las aguas del Canal
de la Mancha que apaciblemente mecían su cabellos blanquecinos. Sencillamente
pertrechado con un descuidado traje de lino color tierra y su inseparable
sombrero flat, el cuaderno de anotaciones, su lápiz de mina de carpintero
alojado en el bolsillo de la chaqueta junto a un velado pañuelo, un bastón de
madera curtido en mil paseos, mitad muleta mitad ingenio y su viejo y
descuidado reloj mecánico de pulsera, o lo que quedase de él, pues además de
disponer solo de una parte de la correa, el cristal protector de las manecillas
había perdido la nitidez de sus primeros días, pero era uno de sus inseparables
compañeros de cálculo.
Ciertamente su solitario aspecto
recordaba a los grandes científicos del Siglo XX por los que sentía gran
admiración, a los que tanto respetaba y que eran sus referentes: Max Planck y
su teoría cuántica, Einstein y la relatividad, Marconi impulsor de las
comunicaciones, Edwin Hubble y sus descubrimientos acerca de la expansión del
universo o su preferido Nikola Tesla el padre de la electricidad y sobre todo
del electromagnetismo. Todos ellos fueron insistentemente referenciados en sus
trabajos para la TSW.
Eugene persuadida por el
ajetreo del autobús y la placidez del sol iluminando las viñas dejó por unos
momentos Saint Michell.