La Luna de octubre (III)

Eugene
repasaba los años que había dedicado a su frustrado esfuerzo por contar la
verdadera historia del profesor Cusack. En el inventario de
circunstancias que acumuló antes de trasladarse a Mons Sancti Michaeli,
recordó una frase entre decenas de datos. Fue en la visita al Museo de
Historia Francesa, allí en su formidable biblioteca medieval, descubrió
expuesto “Un viaje al país del Arcángel” abierto entre las págs. 30-31, una
frase llamó su atención sin entender exactamente por qué. “Desde siempre, una fuerza divina pareció atraer al hombre. Son
seducidos por cantos del cielo, quienes logran franquear los obstáculos y la
fatiga y llegan al santuario. Esos cantos son el eco de las plegarias y la
música de los órganos”. Solicitó entrevistarse con su autora y conservadora,
la historiadora medievalista Régine Pernoud, ésta accedió y fue conducida a
la segunda planta, una vez allí se le indicó tomase el largo pasillo, en la
tercera puerta con la inscripción “C” estaba su despacho.
-Anúnciese golpeando suavemente la puerta y espere, Madame Pernoud le atenderá
enseguida.
La
escasa iluminación y el silencio sobrecogedor del piso la mantuvo inmóvil por
unos instantes, discretamente lo franqueó dirigiéndose hacia el pasillo
silenciosamente, caminando sobre la larga alfombra color carmín. Eugéne algo
excitada ya había desplegado todos sus resortes sensoriales y su capacidad de
observación trabajaba a marchas forzadas, una sensación que la abordaba siempre que
presentía que algo iba a ocurrir.
Aquella
entrevista resultó extraordinaria, Madame Pernoud recordaba a una extraña monja
de otros tiempos, compasiva en sus gestos, amable en las palabras, y generosa
con la confusa curiosidad de Crosác.
Entresacó las anotaciones que hizo respecto de la historia de Mont Saint Michell.
Entresacó las anotaciones que hizo respecto de la historia de Mont Saint Michell.
“Hace miles de años, un bosque enorme llamado Scissy,
fue situado como límite entre Normandía y Bretaña. En su centro, había un
monte rocoso, similar a un monte de tierra para un entierro por eso lo
llamaron el "Monte Tombe", el Monte Tumba. Hacia el Siglo IV, la
región fue cristianizada y desde entonces, el bosque de Scissy y sus montes
atrae a los hombres que buscan la purificación espiritual. Muy pronto se
convirtió en un lugar de ermitaños. Seres que convivían exclusivamente con su
soledad y su espíritu. Cada tanto, visitaba a estos ermitaños y se unía en sus
plegarias y en el descanso, San Auberto, entonces, el obispo de Avranches,
ciudad que había sido denominada sede episcopal, muy cerca del Monte. Un buen
día, cuenta la leyenda, San Auberto recibió un mensaje del cielo. Era el año
708. En un sueño, se le apareció el Arcángel San Miguel y le pidió que
erigiera en su honor un santuario sobre el Monte Tumba. Para dejar una señal
tangible a la humanidad entera, el Arcángel toco la frente del obispo con la
punta de su dedo, dejando una marca que los siglos no han podido borrar". Aun
hoy se puede ver el orificio del
cráneo del obispo que se conserva en la iglesia Saint-Gervais en Avranches.
De repente el corazón de Eugene se agitó y sus
pulsaciones se dispararon. Recordó el origen del nombre de Cusak. Aniol en polaco significaba “mensajero de Dios”.
