Solo el genio nos salva del tedio.

Hace mucho, mucho tiempo en aquellos jóvenes años de la transición, en los que todo era un descubrir, en los que tan aislados vivíamos que las fronteras de la censura y el régimen habían ocultado la indisciplina de tener opinión, de ser únicos, que cuándo toda aquella estructura empujada desde el exterior y liderada por aquellos Socialistas, Comunistas y Demócratas hacían emerger una España diferente.... 

Había poetas a los que cantar, artistas como Picasso al que debíamos comenzar a sentir como algo genuinamente nuestro tras años de ausencia, en los que nuestras retinas solo se fascinaban en blanco y negro, sin color, sin provocación.

Una inclinación extraña me acercaba al bombardeo expresivo de tantos descubridores de contornos y de esa admiración, jugar con los colores, en una improcedente emulación por revivir las mismas sensaciones en un entorno tan provinciano como olvidado. Las pizarras de los institutos fueron testigos de toda la época azul a modo de entremés bien temprano, antes de las clases de Química o Matemáticas.

Para cuándo el Guernica regresó, La Casona del Buen Retiro acogió su enorme drama, por entonces no estábamos preparados y no se tenían un lugar adecuado y definitivo en el que exponerlo. Madrileños y visitantes ocasionales que por allí pasaron, además de reencontrarnos con aquel formidable mural que al igual que Goya, hablaba de los desastres de la guerra, del odio entre los hombres, y de lo que provoca tanto dolor más tarde o más temprano: la ausencia de humanidad.

Crecimos con la idea de un país más justo, más social, en el que la Libertad y la Justicia en su máxima expresión serían los fundamentos de su identidad, esa era la idea. Ahora treinta y tantos años después te das cuenta que algo no hicimos bien. Seguimos empeñados en ver solo los defectos ajenos, seguimos si ser autocríticos, sin ser capaces de ser verdaderamente honestos y despegar el culo de la puta silla que nos da poder y status, sin reconocer ningún error. No, eso no era lo que esperábamos.

Cuándo era un incipiente muchacho asistí a esos cambios iniciales, aquello nos empapó y tizno de intensidad   el futuro que tocábamos con la punta de los dedos. Picasso y tantos otros genuinos hombres libres, hicieron que metiese mis manos en botes de intensos colores, llenándome hasta los codos de surrealismo. De aquellos años, aquel espíritu de Libertad y las extraordinarias composiciones sin argumentación posible, son lo mejor que me queda. Mucho de lo que vino después no es otra cosa que esto que vivimos ahora todos los días, dónde solo nos falta comenzar a arrojarnos piedras, eso si sin dejar que se enfríe el sillón del poder, envueltos en el tedio, la mediocridad y el merchandising oriental. Que lastima.