Esos perfectos desconocidos.




Es inevitable cruzarme con perfectos desconocidos, al fin y al cabo yo también lo soy y ocupo en ocasiones la otra parte del espejo, convirtiéndome en testigo mudo, ausente, inexistente, finito. Y en muchas de esas ocasiones una suerte de preguntas tratan de romper el hechizo de la bruja del cuento y saber quien eres, quienes sois, que es de vuestra vida, cuales vuestros sueños. Y viene a ser una empresa difícil romper ese conjuro, porque por lo general se necesita desprenderse de la mascara social, aceptar tus propias limitaciones, hacerte cercano y vulnerable, si no te quedas dentro del espejo vagando haciendo eses una y otra vez. Cuándo por fin la luna llena te ilumina y eres capaz de leer en los ojos de esos perfectos desconocidos y te reconoces en ellos, entonces ese cristal abre huecos mágicos por los que escaparte no de una vez, pero si deja que te escurras y llegues a tocar el otro lado y dejar de ser ajeno, inexistente, finito, para volverte perecedero, presente, vulnerable y cercano. En muchas de esas ocasiones, esos tipos extraños son capaces de congeniar, disfrutar en común de ciertas similitudes sin perder su propia identidad, a ese efecto se le denomina de muchas formas, es indiferente, lo importante no es el adjetivo sino el resultado. La percepción que hace que personalidades tan exclusivas e incluso opuestas mantengan una cierta regularidad en el afecto no deja de ser un misterio, para lo que de momento no se tienen resueltas las incógnitas. Estas parejas, singulares, únicas, opuestas explica muy bien esa dualidad. La próxima vez, en la siguiente esquina, cuándo después del eco de las pisadas que se aproximan y anticipen la sombra estirada de ese perfecto desconocido, me preguntaré de nuevo por su vida, su inmediatez, su memoria, aunque yo estaré al otro lado, ausente, mudo, ciego, sordo, salvo que un quiebro deje algún hueco por el que escapar y entonces sentirme vulnerable y libre.