Sisinio y sus mañanas.




Aquella mañana, como cualquier otra Sisinio paseaba por la ciudad, aunque siempre terminase cerca del río aspirando el limpio olor a marisma y lodo que le nacía de tan adentro, y al tiempo se cruzaba con el ritmo de la ciudad que bombeaba en cualquier dirección. Como tantas otras veces, allí en medio del puente plácidamente estaba su nuevo amigo José, un ex ferroviario setentón que descubrió en el Hogar del Pensionista. José no renunciaba una o dos veces por semana a echar las cañas por el placer de sentir la picada. Unos más y otros menos, Sisinio y José recordaban días olvidados escritos en viejos papeles ya amarillos y deteriorados. A nadie importaba aquellas aventuras exceptuandolos a ellos, pero sus fines terapéuticos eran asombrosos, y rebuscar en la memoria era encontrar trozos que terminaban conectados formando una sola identidad aunque no lo fuesen, y esbozar una sonrisa a la vista de aquellos paisajes era tonificante. Sisinio y José al observar ese trasiego de almas discurriendo de un lado para otro se preguntaban en un gesto de complicidad como un latiguillo ¿dónde irán?, cerraban instintivamente los ojos y continuaban su charla.

Fotografías: A. Morales (c)