¡¡Coquinas de Punta Umbría¡¡ canta Meli.
A los vendedores que nos endulzan la mesa de brisa marina, estos que copan nuestra atención de 11 a una del mediodía, ya sean fruteros, carniceros, pescaderos. Estos personajes por horas con vida propia, que pasan fugaces pero insistentemente, que suelen quedar en desconocidos en los que confiar cuándo se trata de negociar la compra.
¡¡Coquinas de Punta Umbría¡¡ canta Meli, al mismo tiempo que te regala una sonrisa amable y cercana, a sabiendas que su producto es bueno y que por tanto tiene el éxito garantizado y enganchado al cliente para la próxima. Y así una vez y otra, y al final trabas ciertas complicidades, las propias del comprador también fugaz, pero que hacen la visita más amable y los asuntos del día, más cercanos y presentes.
Y en el escenario, a modo de pequeño guiñol en el que solo gesticula un personaje, los abalorios del jaleo: los pesos, el agua, las bandejas, las redecillas para que chirlas, almejas, mejillones y coquinas queden bien "apretás" y no tiendan a respirar más oxigeno del debido y duren frescas más tiempo.
Y tras de si, el mar y sus gaviotas en su ajetreo de arrebato constante, y más abajo su otro yo, o parte de él, los dibujos del artista más importante de su vida, en los que el mar y un monigote que bien pudiera ser algún encantador de peces no dejan de acompañarla y de rato en rato hacerla sonreír.
¡¡Vamos niño, coquinas sin tierra¡¡
A. Morales (C) 2012

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