Ponte en mi lugar.

¿Que fue de aquella ventaja de ser funcionario?, aquel latiguillo tan común de pertenecer a un grupo en el que una vez dentro era casi imposible salir, fueses un buen o un mal empleado público. Aquello se esgrimía como uno de los pilares que sustentaban la opción de elegir al propio estado como empresa, además de que muchos de aquellos empleos tenían un único y singular patrón, al asumir de modo mayoritario los ámbitos de la Educación, la Sanidad, Justicia, etc... y no cabían muchas más alternativas o de existir se contaban con los dedos de una mano. 

Fue durante muchos años y al amparo de aquella sociedad del bienestar que el tiempo nos descubrió que no eran más que estructuras parecidas a la originalidad que podamos encontrar en los bazares de chinos, una pura y cutre realidad, una mala imitación de otros mundos cercanos pero sujetos a realidades bien distintas.

¿Quién se comió el queso?, y ¿dónde están ahora aquellos magníficos líderes que no dejaron durante años de hacer nada que fuese robusto, transparente y libre de cargas?, ¿dónde están y como son capaces de seguir pisando esta tierra ibérica?. Aún siguen siendo padres de la patria, nuestra conciencia social ¿y que hay del cash, dónde terminó entre tanta enseñanza demagógica?. Todos conocemos como se ha gastado el dinero, el vuestro como funcionarios y el de ambos como simples ciudadanos contribuyentes, y nos acostumbramos al escándalo, casi no molestaba era una especie de anécdota obligada, facilona, ser conocedor cuando no comentador de la ocurrencia, fechoría o disparate del político de turno. Cuanta estupidez la nuestra, esa bola la tuvimos que parar hace mucho tiempo.

Veamos, aquí no se libra nadie ni nosotros mismos que sin querer pretenderlo fuimos coartada de la desfachatez política. Ni sindicatos que solo sonreían a Zapatero (por citar solamente al anterior Presidente al que hoy no saludan ni en su barrio) y que no tenían ningún problema salvo hacer agendas, relojes o marketing de barriada, ausentes de reivindicaciones, solo las horas sindicales parecían ser lo más importante. Ni líderes o aspirantes a líderes que durante años estuvieron enzarzados en ver quien conseguía un miserable voto más. Ni nosotros mismos, que no fuimos capaces de decir a más de un colega, "eso es una holgazanería que no nos podemos permitir, que tarde o temprano nos manchará las manos y con ello la credibilidad". Y hoy, sabiéndonos pobres de repulsión, sin nada en la caja, vacías las alacenas, cuándo ahora hay que sumar desde cero y comenzamos a rascar de dónde no hay, el sistema se revuelve y descubre que haciendo perder poder adquisitivo hasta límites jamás conocidos a la legión de funcionarios de esta piel de toro, podrá con ello sujetar esta casa que se cae a pedazos. El patrón no negocia, sencillamente impone con la misma contundencia que mantiene el empleo, guste o no guste. La cuestión no es la aceptación o no de esa decisión, cuándo no eres un afectado las cosas no se ven del mismo modo. La cuestión no es si debemos entenderla como una decisión acertada. La cuestión es si la estructura administrativa, burocrática y política del Estado en su totalidad ha crujido del mismo modo, si la substanciación podría haber sido otra. 

Llegados a este punto, en el que la clase política, una vez terminan las elecciones se vuelven más una casta que otra cosa, que cuándo todo el piso se derrumba aparece impasible, ajeno, una colección de intocables, es cuándo te das cuenta una vez más que no tenemos lo que nos merecemos, la credibilidad comienza por uno mismo, y en las actuales circunstancias se debería inexcusablemente revisar la organización y prebendas de esta corte de civiles. Asuntos como el Senado, número de parlamentarios nacionales, organización autonómica, diputaciones provinciales, empresas públicas, choferes, secretarias, etc, que no dejan de ser a estas alturas cuestiones menores, deberían sufrir el mismo repaso y ventilarlas lo antes posible, es decir hacer cash que es lo que necesitamos, total para lo que sirven, no deberíamos sostener a esta pandilla de nefastos y falsos iluminatis, que solo han gastado hasta la saciedad, en provecho propio, olvidando principios, estatutos y teorías de toda clase y condición, habiendo sido cómplices con financieros, banqueros y empresarios de medio pelo. Todos los colores tienen quien les ponga colorados. Todos los colores sin justificación de ninguna clase. 

El drama de nuestra realidad es que se perdió gran parte del crédito de la izquierda, por eso la sociedad está fría, apelmazada, sin saber cómo reaccionar, aletargada. Tal vez hemos sido testigos de demasiadas justificaciones injustificables.

En otras circunstancias, la calle sería un clamor colectivo, hoy ese clamor lo rellenamos de números arbitrarios, rotulos y banderas gigantes para hacer bulto,  es un clamor por sectores, la solidaridad entre pares. Nos queda por construir una sociedad que se asiente sobre bases confiables y comunes, sin mordazas filosóficas ni morales y eso nos va a costar más de una generación.

Por cierto, en las pasadas Elecciones Generales de 2011, en el tan discutido Senado, se produjo una abstención de tan solo el 28,83%, es decir prácticamente uno de cada cuatro votantes. Espero que ahora, ninguno de esos otros tres que si votaron se queje de la estructura administrativa.

Ponte en mi lugar. Solo de pensarlo da escalofríos. La pérdida de poder adquisitivo de los funcionarios, tan drástica, tan contundente, tan injusta, no te deja impasible y más cuándo antes se podría, SE DEBERÍAN liquidar otras parcelas que de todas todas son injustificables e insostenibles. Por si solas tal vez no lograrían atenuar el impacto económico buscado, pero paliaría y moralmente llenaría de argumentos las impopulares medidas tomadas.  Aún estamos a tiempo y si no lo hacen Vds., el tiempo nos hará encargarnos a nosotros. No existen cretinos que duren cien años, ni paciencia que los soporte.

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