Niños del Valle del Jerte.
Y mientras en las calles de los pueblos más escondidos de nuestro país, los niños juegan ajenos, con el eco de los muros de piedra, a dinámicas casi desaparecidas, y riegan con sus risas divertidas, casi nerviosas, los coloquios de vecinas y amigos de dominó, alrededor de un vasito de mosto sobre la marcha de la tan temida crisis, perfumando de vida, ventanas, visillos y puertas entreabiertas, no muy lejos, a una parada del bus de línea, un ciudadano ha resuelto regresar al pueblo que le vio nacer, crecer y escribir sus incipientes sueños cuándo él, como estos otros soñaba con un mundo diferente, en la capital, en donde hacerse un hombre de provecho.
Dentro de poco, en 10 meses habrá 630.000 desempleados más. Tremendo.
Muchos de aquellos negocios familiares, estirpe de granjeros, pastores, agricultores, artesanos, fueron sustituidos por otros con una proyección más acorde con los tiempos, con más posibilidades, o eso se decía. Lo cierto es que muchos cambiaron calor de encina por calor de metro, todo por nada, y ahora ahogados, desertan de ese sueño y vuelven al viejo hogar, en espera de tiempos mejores. La ciudad no es siempre la mejor solución a pesar de los que enferman de respirar cemento, ruidos y deudas. Es posible que estas nuevas caravanas de indigentes de la nueva sociedad industrial, regeneren aquellas calles y concilien su experiencia con los viejos modos, y quien sabe si de este enjuague surgen oportunidades hasta ahora no contempladas.
Una frase popular dice que la vida la más de las veces, no es otra cosa que la ecuación resultante entre el pasado y el futuro, por lo que todo está por descubrir.
Fotografías: A. Morales * Niños del Valle del Jerte.

