Aún no es tiempo de volver.
Los hijos son algo excepcional, tanto te dan como te arrebatan, tanto se van como vuelven. Vivir es una cuestión tan personal, que nadie se libra de dejar alguna loza rota en el camino, para eso aprendimos a rectificar, a madurar, o a vernos tal cual somos. Y recomponer es un lujo solo al alcance de los humanos. A veces un abrazo, o dos palabras entrelazadas sin guión, suplen muchos silencios.
La incertidumbre de crecer siempre cuesta, la etapa de rasgar una y otra vez, texturas que resultan desconocidas, deambular por pasillos inciertos en busca de tu propio yo, siendo a la vez marino y piloto, cuesta. Claro que cuesta, pero es necesario comenzar a discurrir en ese camino.
Hoy se marchó mi hijo mayor de nuevo, primero estará unos día en Lituania, y después juntos él y su compi, volarán a Londres en busca de un futuro desconocido. No son compatibles los escenarios y además es un reto que deben superar.
Puedes pasar delante de tu hijo, cien veces, que solo una de ellas sientes la ausencia inesperada y rotunda de la despedida. Cien por una. Una que vale por cien. Una gran desproporción que hace que te tambalees.
Los hijos son esa piel extraordinaria que te recubre por todas partes, que tanto te duele como te llena de ese tierno cariño infinito, tan difícil de contar. Me estoy haciendo mayor, o tal vez, más humano.
¡Buen vuelo chaval, y a por todas¡.
David (en el centro).
