La isla.
Desde que llegó a aquella isla, perdió la memoria y en ocasiones hasta la dignidad. Dejó de reivindicarse y se limitó a cumplir con el ritual: vivir, sobrevivir, postergar, olvidar, redefinir, adaptarse, en definitiva interpretar un nuevo papel.
Aunque de tarde en tarde, la brisa y la melodía del océano acariciando la costa, le devolvían a ese punto de lucidez ahora en su segunda piel, y surgían las preguntas, las dudas, los argumentos.
También los fantasmas se asomaban a aquel faro perdido de cualquier mar y le hablaban a través de las botellas de otros náufragos, que hacían estación en la playa cada mañana.
Según la enfermedad se fue apoderando de su naturaleza, hora a hora se entretuvo en irle consumiendo, y el horizonte se le antojaba también un mar inmenso, inexpugnable.
Algunas noches, sobre aquella inmensa oscuridad, inesperadamente, algunas estrellas brillaban con más intensidad y parecía querer decirle algo, o así lo imaginaba. Esos susurros le hacían conciliar el sueño.
Finalmente, un día casi de improviso, se atavió con su mejor vestido, se enredó el pelo con pequeñas flores lilas, tomó su viejo diario y se dispuso en aquella oquedad labrada en la tierra, mirando al oeste, donde el sol culmina su trabajo diario, hasta quedar mimetizada con el paisaje.
Nadie supo más de aquel visitante, ni de aquellos sueños, simplemente llegaron otros náufragos y ocuparon su lugar.
Fotografías: A.Morales (c) 2011
Imagen superior * Faro de Llançar (Gerona)
Inferior * En el entorno del Charco Azul (Isla de El Hierro)

