Hotel Granada XIX.

Bajo el influjo de las máquinas.

Lo cierto es que no recuerdo que hayan existido demasiados días, en los que no hubiese descubierto algún modo de disfrutar, siempre desde la sencillez y la escasez jesuítica a la que estábamos abocados por cuestiones obvias. Esa es la razón de que observase la road city  o dicho de otro modo, el ajetreo de la ciudad, desde un ángulo diferente.

En contadísimas ocasiones tuve más de lo deseado para hacer con las pesetas, algo que no estuviese perfectamente encuadrado en el capítulo de gastos: ir al cine, y poco más. El resto de las ocasiones, se limitaban a: comprar algo del kiosquillo, jugar a los futbolines o a “las máquinas” y pare usted de contar, y estas actividades lúdicas, se enmarcaban dentro de otro ritual, por decirlo de algún modo. Los sábados y domingos eran días de “paga”, de una paga escuálida pero suficiente. Lo llevaba bien. Me acostumbré a no tener, a no necesitar, por lo que cuando había algo, disfrutaba como el mejor de los cumpleaños.

La escasez de recursos potencia las expectativas, así me encantaba jugar a las máquinas, o mejor dicho, me encantaba ver cómo jugaban otros, apostándome silenciosamente y respetuosamente en un costado de ese mágico tablero, por el que deambulaban aquellas bolas de acero, iluminadas por leds de colores, emitiendo sonidos a cada golpeo.

Aquellos primeros pinball, también llamados flippers, eran para nosotros “máquinas”, y cada cierto tiempo surgían nuevas propuestas, estos magníficos trastos  se apostaban en bares o en salones, compitiendo con mesas de billar o futbolines. De todos ellos, era el único que evolucionaba.