Sobre la memoria de los móviles...

Esta tarde, he dispuesto de tiempo muerto. Tras una fugaz observación del medio, de no encontrar nada en donde refugiar los minutos perdidos, de vagar entre comillas y comillas por artículos o noticias de ayer o incluso de antes de ayer, estando en ese "in pass", deparé en el pequeño bulto del pantalón, -no el escatológico que se diferenciaría notablemente en el tamaño, venga unas risas, aunque en reposo no se yo que decirte- . Un ligero movimiento y atrapé este artilugio de los tiempos modernos, el móvil, que junto con el pantalón, la camisa y la visa, son o forma parte de la "substancia" con la que enfrentarnos al devenir de cada día. No me refiero a las cosas que nos hacen ser, sino a las cosas que son en si mismas, digamos imprescindibles.
Salvo para urgencias, para buscar una comunicación en un lugar más personal o para decir "hola", "llegué bien", "nos vemos a las ...", el móvil no ha sustituido nada, sino que más bien lo ha suplantado. No acabo de entender del todo, este culto al móvil, y si lo piensas bien, casi esclaviza más que libera, sobre todo porque tienes que cargar con el dichoso a todas horas, que digo yo, que si nos hicieran implantes a la altura de la palma de la mano, tal vez sería más cómodo, pero lo que es de momento, un auténtico coñazo, y paso del debate de que si tiene video, puedes ver la tele, música, máquina de retratar, o si es táctil.
En estas reflexiones estaba al contemplarlo, cuándo me dije, "voy a aprovechar para descargar la agenda, que vete a saber desde cuándo no lo hago".
Y allí estaban, hasta decenas de nombres que ya no usaba, que pertenecían a otra historia, a otras circunstancias, incluso había gente que había muerto, en cambio su número allí estaba, esperando que el dedo índice los activase. La agenda contenía nombres y apellidos de gentes que por una u otra razón, ya no debían estar allí, no había ningún derecho a asociarlos a mi "celular", en cambio estaban: solícitos, en silencio, ocupando memoria, esperando ser activados.
Al final somos un registro, una partida de nacimiento, un DNI, una visa, un cuenta corriente, unas palabras en una carta, una ventana con unas sombras.
Indudablemente hice limpieza, a unos los resitue, pues ya constaban con otra configuración, a otros les di mi último adiós en su paseo al más allá, a unos pocos, sin ningún tipo de vacilación los borré. Ahora solo quedan los vivos, los útiles, los sanos, los temporales, los de la circunstancia, los que viven y tienen los mismos lazos del presente que yo. Algunos solo tienen un nombre, pero no guardan ningún número.
Mientras duró aquel tiempo, por el display pasaron uno a uno, todo tipo de fantasmas y espectros, como si recorrieras en modo flash, tu pasado en un minuto.
El filtro de la vida es algo parecido a la memoria de los móviles.
Fotografía: A. Morales (c)