Hotel Granada XIV.

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De las falsas piscinas de los Ingleses al dominio del aire


Cuándo vas cumpliendo años, y sobre todo cuando estos se asientan en la bisagra de los 11 a los 14 años, cualquier descubrimiento se te antoja un gran paso, una equiparación a los adultos que por entonces dominan la platea.

Vendría a ser como una especie de toma de alternativa, "apuntar maneras" que se dice en el argot torero, o ir asumiendo el rol que algún día indudablemente será el que nos corresponde por derecho propio. En esas andábamos, en aquel rincón del sur, mientras la ciudad dormía a la sombra del Régimen, entre beatos, fascistas, gente corriente y ciudadanos sin escrúpulos.

Huelva capital o lo que se mantenía en pié de ella, era el residuo que resistía a la que fuera la industria floreciente de la minería que llevo durante años, a que el capital inglés "colonizase" en términos absolutos la Cuenca Minera, y poblaciones como Nerva o Rio Tinto, fuesen casi de un modo esclavizante, explotadas para la obtención del apreciado mineral de cobre y en menor proporción de oro.

Así mientras en estas localidades, toda la población estaba de un modo u otro relacionada con la Rio Tinto Company, salvo infraestructuras mineras y el poblado-gueto de Bellavista, donde apartados y "a salvo" se construyeron viviendas, o el club social en el que en un exclusivo estilo inglés, "solo para caballeros", se reunían a jugar al billar, al padel, al tenis sobre tierra batida o incluso al golf con alfonbrillas, una iglesia, la escuela y poco más, para albergar a los familiares de los directivos y técnicos de la explotación, todos ingleses sin excepción alguna. Paralelamente la población minera local, mantenía su ambiente rural serrano andaluz, sus escasas infraestructuras y su condición de asalariado o de simple mano de obra imprescindible, por no decir que fuera de este papel, eran gente no deseada o de segunda.

La influencia de las minas en el mercado mundial, provocó un importantísimo desarrollo industrial, que transformó el perfil de una ciudad como Huelva, que quedó descompuesta y sin rumbo, tras el famoso terremoto de Lisboa.

Mientras que en la localidad de Minas de RioTinto quedaron para la posteridad esas infraestructuras domésticas, la
ciudad de Huelva a la sombra de la misma, recobró un esplendor inesperado, y así se llevaron a cabo obras e
infraestructuras de importancia como sería el tren que conectaría la misma explotación con el puerto, donde barcos en un constante ir y venir de carga y descarga, recalaban vacíos y partían repletos del tan preciado mineral del cobre, o el Barrio Obrero, una especie de micro ciudad compuesta por decenas de viviendas destinadas a los técnicos y administradores de grado medio de la Company, o como no, el conjunto denominado La Casa Colon, que en 1883 sería conocido como Gran Hotel Colón y que se utilizaría para conmemorar el IV Centenario del Descubrimiento de América. Un hotel de lujo, con jardines, pistas de tenis, y salones sociales de primera categoría. Un espacio que utilizarían como cuartel general viviendo sin salir de la Gran Bretaña al más puro estilo anglosajón. Estos y otros edificios notables, propiedad de ingenieros, arquitectos o políticos de la época corriendo la misma suerte en desarrollo y hegemonía, y así se esparcen con suerte dispar por toda la ciudad.

Pues bien, en aquellos años sesenta, todas estas construcciones ya estaban sino abandonadas, en liquidación, y los citados edificios, hacía ya años que habían dejado de estar lustrosos, ahora lucen vacíos, llenos de polvo, humedades y papeles antiguos esparcidos, acumulados y amontonados por doquier. Casi fantasmales, sin uso ni destino conocidos, ahora habría sido fantástico poder observarlos, con aquella dejadez y oír los sonidos del silencio de aquellas generaciones que la habitaron, emulando aquella canción cuya letra escrita por Paul Frederic en 1964, alcanzó difusión mundial al ser incluida en la banda sonora de El Graduado.


Toda la ciudad, y más el legado inglés sufría esa ignorancia, parecida a la decrepitud de un romántico abandonado a su suerte, algo así como la adaptación que Visconti hiciera de la novela de Thomas Mann, "La muerte en Venecia", de tan gratas sensaciones.