Las noches de Chopin y Sand.

Las noches de verano deberían venir acompañadas de alguna melodía de Chopin. Desde que hace algunos años estuve con el estío visitando la que fuera morada de este gran romántico, oigo el tintineo de un piano desnudo de fondo.
En la parte noreste de la isla de Mallorca, en un precioso rincón como es Valldemosa, aquejado de tuberculosis y aconsejado por su médico, se traslada junto a su gran amor George Sand y sus dos hijos en el invierno de 1838, allí compuso sus 24 preludios
al tiempo que ella le cuidaba, Sand escribiría Un invierno en Mallorca.
La estancia que ocuparon en el monasterio, tiene la grandeza de la sencillez y guarda el eco mudo de la pasión de sus visitantes.
Un piano en un ángulo recuerda la huella que el genio dejó para siempre en la isla.
Para mí, Valldemosa es un de esos lugares mágicos y sencillamente hermosos. Es fácil captar el ambiente y empaparse de él.
Años más tarde, visité en París, el cementerio de Pere Lechaise, donde la tumba de Chopin es asiduamente visitada, y a la que nunca le falta un ramos de flores frescas.
Probablemente es una ilusión, pero lo cierto es que la visita reconforta. Dicen que desde el más allá, el mismísimo Chopin te transmite su energía.

Chopin - Preludio en mi menor Op 28 Nº 4