Hotel Granada. IX.
De los juegos que nos condujeron a Kennedy.
Podría ser que la protusión discal tenga su origen en aquellos juegos, alguno de los cuales se me antojaban algo salvajes.
El patio de recreos del Colegio San Casiano, se organizaba alrededor de su otrora fuente y .... hoy lejano recuerdo de lo que pudo haber sido en otra época, ordenaba en torno al mismo, unos jardines muy abandonados, que a duras penas dibujaban la simetría de un intento fallido de distribución racional. La superficie en su conjunto no mantenía el mismo nivel en altura, pues era ligeramente ascendente en sentido este-oeste, quedando la fuente aproximadamente en la mediatriz del conjunto. De todo aquel espacio destacaba en la parte más alta y junto a los guardamuebles, una hermosa y enorme jacaranda, tan grande que elevaba su copa por encima de los 15 metros, y que además de ser cobijo de pájaros de muy diversa procedencia, nos proveía de una enorme sombra que hacía de aquel rincón, el lugar preferido para jugar.
En este pequeño círculo social, se suscitaron los primeros escarceos propios de la personalidad, aquellos juegos iniciáticos de inocentes mozalbetes se mezclaban con otros que te introducían en nuevos y más rudos, propios de incipientes chicos o proyectos de serlo.
Y es que hasta en los juegos, hay influencias, así el liderazgo en al
gunos casos, lo determina el más bestia, digamos sobre los más tímidos. Unas veces por serlo y otras por no estar en condiciones físicas equivalentes como para contrarrestar este tipo de presiones. A estas alturas ya supondréis en qué equipo jugaba yo. Exacto, en el de los endebles, los perdedores o los fracasados en estas lides, dicho sea con total honestidad y sin el menor asomo de envidia.
Chicharito la Haba, pronunciado de manera que “haba” sonase “java” y que fuese la parte de la frase en la que dominase el acento, como su nombre indica, y su silabeo ya lo dejaba intuir, era un juego, uno de aquellos especialmente bravos y algo cruel, a los que todos jugamos alguna vez y que todos temíamos, sobre todo si eras del bando de los débiles.
Si tratásemos de dibujar una imagen, podría querer simular a una vaina de habas. Si la abrimos vemos como en su interior los granos se distribuyen pegados unos a otros, formando un fila casi recta. Pues el juego se representa más o menos así, el equipo perdedor y que tiene el reto de la partida –si gana, se invierten los términos- lo forma un primer chico que se sitúa de pie, apoyado sobre la pared, un árbol o cualquier superficie vertical, que actúa como amortiguador del primer jugador. A él se agarra a la altura de la cintura un primer chaval, por lo que debe bajar la cabeza y dejar que su espalda, sea lo que quede dispuesta para recibir a los contrincantes. Tras este primer jugador, se apostan de la misma manera tres, cuatro y hasta cinco jugadores más.
Esta fórmula de poder, que dejaba al equipo de los débiles “tocado” a veces, pudo haber tenido consecuencias sobre las enclenques columnas, y vete a saber si ya desde entonces, me viene este incomodo, aunque leve sin dejar de ser constante dolor en esta zona, vete a saber si en alguna de aquellas recibidas, la envuelta fibrosa del disco se escapó un poco, tal vez sometida a aquellas sacudidas.
No solo “disfrutábamos” del placer de aquel juego, el más destacado entre todos, debido como ya habréis acertado a la mezcla de dominación/liberación que el mismo promovía, pues no siempre ejercías de receptor y no voy a ocultar que mimetizados, sentías la misma o parecida satisfacción, cuándo eras tú quien caía con todas tus ganas sobre las espaldas de los que habitualmente mandaban, al fin y al cabo, seguíamos siendo niños, y el juego predispone a la alternancia en los roles.
Calmada, ausente, iluminada, casi privada, con la constante música de las gotas al caer, la fuente proponía otras alternativas, éstas más naturales podríamos decir.
Si te arrodillabas junto a ella, tu cuello quedaba justo a la altura del pequeño muro hexagonal del estanque, por lo que podías contemplar con absoluta claridad lo que dentro de aquella pila ocurría. Si dejabas tus dedos dentro del agua algún rato, alguna terminaba acercándose y pegándose. No resultaba difícil jugar con ellas, provocándolas remolinos que las hacían dar vueltas y más vueltas, o engañarlas cuando estaban a punto de tocar la yema del dedo, tampoco era difícil despegártelas, un poco de zumo de limón bastaba, aunque al principio tenías que superar los miedos, -una prueba más de madurez- de cuantas leyendas corrían de boca en boca, sobre los beneficios o perjuicios que tenía que aquellos pequeños monstruos marinos terminasen adheridos a tus manos.
Para terminar de completar el cuadro, otros grupos se disponían a hacer bailar al trompo, aquellas peonzas de madera con punta de acero, el cordel de no más de un metro y la moneda de dos reales, las que tenían un pequeño agujerito en el centro, y que servían como tope de la cuerda, así se entrelaza entre los dedos, por fuera de la palma de la mano, y al lanzar la peonza quedaba perfectamente enganchado a la mano.
Los más resueltos mecánicamente lo bailaban con suma destreza, incluso los mejores eran capaces de hacerlos saltar por el aire para terminar recibiéndolos en la palma de la mano. Más adelante vendría personalizarlos con colores y chinchetas, con diversa suerte como corresponde y para culminar aquella progresión y control sobre el juego, aparecieron, como no aquellos trompos ”asesinos”, cuya punta se afilaba tanto que si cuando lo tirabas, impactaba sobre algún otro, éste quedaba quebrado, roto, partido en dos de la misma manera como terminaba tu pequeño corazón contemplando la escena que nunca hubieras imaginado que ibas a presenciar.
En una esquina, muy a resguardo del paso, con más sosiego, se establecía la pista del “juego de las canicas o de las bolas”, aquellas esferas de cerámica de fresco y suave tacto, cuyo objetivo era alcanzar un pequeño hoyo, lanzado hacia él la bola en juego, construyendo una figura con las dos manos, ganando distancia al apoyarte primero con el dedo pulgar y después con el meñique y de ahí su sustantivo, mediante una maña que compartían los dedos pulgar y índice, realizabas el lanzamiento de la bola.
s que medie el interés, se recrudece y se tensa. Así si aceptabas el reto de jugar a “la aposta”, aceptabas que quién golpease la bola contraria, la ganaba en propiedad. Creo que en 5 minutos llegué a perder no menos de siete bolas, aun lo recuerdo y creo que todavía no lo he superado del todo.
Aparte de otros juegos muy populares, en Huelva se solía jugar mucho al “pañuelo”, aquello de decir un número y entre dos oponentes, arrebatar un pañuelo situado en un punto intermedio, y tratar de regresar a “tu casa” sin que el otro te tocase, o el “pincho”, más peligroso y que precisaba de ciertas dosis de habilidad, pues consistía en lanzar una especie de navaja o navaja, sobre un circulo dibujado en la tierra. Una vez lanzado y si se quedaba clavado, te daba derecho a dibujar una línea, haciendo coincidir las paredes de la circunferencia con el punto que señalaba el lugar donde se había clavado, ganando territorio con cada tirada que acertabas, así hasta llegar a hacer que toda la superficie fuese tuya.
Pero a mí, el juego que más me gustaba era “la bombilla”, en él podían participar todos los que quisieran, y era una mezcla de habilidad, algo de misterio y cierta capacidad intelectual a los que se le añadían algunas dosis de expectación en el desenlace, además de no ser violento y de no basarse en la dominación del oponente.
Una vez todos los jugadores dentro de la bombilla, quietos según hayan quedado tras el último salto, “la madre”, tenía que decir la palabra “bombilla” de una vez o con trampa y todos los jugadores debían salir del interior, si alguno era prendido por él, sería la próxima madre, ocuparía su lugar, elegiría el tema y la palabra secreta.
Respecto al deporte propiamente dicho, por aquel entonces, los campos de fútbol –el deporte rey- se situaban en cualquier sitio, no existían establecimientos o centros dedicados de modo profesional, los más aficionados iban a las marismas del “Titán”, un lugar bastante distante y algo complicado para llegar, por cuanto tenías que pasar las vías del tren de la línea Huelva-Sevilla. Por entonces era habitual oír hablar de Vietnam y de los americanos, la radio en sus boletines no dejaban de pasar noticias, y solía ser con la que abrían las crónicas del resto del mundo, pero lo que resulto realmente impactante, fue aquel aciago anuncio que dejo paralizado a todo el país.
El 22 de Noviembre de 1963, fue asesinado el Presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy.
Todos los boletines, en sus emisiones horarias y multitud de especiales, no dejaban de hablar de otra cosa. Todo el país se heló, y aún hoy, muchos de aquellos corazones siguen haciendose preguntas.
La radio informaba... A las 11.40 el AIr Force One aterrizó en el aeropuerto Dallas Lovefield, después de un corto vuelo que ha realizado desde Fort Worth. La comitiva presidencial se pone en marcha hacia el centro de la ciudad de Dallas. Durante el trayecto la comitiva tiene que realizar varias paradas para que el presidente salude a la gente.
A las 12.30 entra en la Plaza Dealey y avanza por la calle Houston, en ese momento lleva 6 minutos de retraso. En la esquina de Houston Street con Elm Street la comitiva debe realizar un giro de 120º a la izquierda, lo que obliga a la reducción de la velocidad de la limusina.
Tras pasar Elm Street queda frente al edificio del Almacén de Libros Escolares de Texas, a una distancia de 20 metros nada más.
swald, fue a su vez asesinado por un policia, Jack Ruby cuando era trasladado. 