Hotel Granada. -2-
POR LA INMACULADA
De cuanto después mi madre me narrara, no tengo memoria, solo el habérselo oído contar tantas veces emocionada, a ratos orgullosa a ratos hundida en la mayor de las depresiones, por cuanto era incapaz de saber que justificaba toda aquella alteración, que había transformado lo que hasta entonces fue una familia casi normal, en una familia destrozada desde cualquier punto de vista.
Sería un 8 de diciembre a las 8 de la mañana, que mi madre me pariese en el dormitorio de la casa -el que después sería salón principal y sala de pruebas, donde más adelante y rodeada de espejos, se dedicaría a "probar" a sus clientas, los vestidos que confeccionara como "modista" o "costurera" como se decía, no sin esconder cierto aire peyorativo, aunque de esto ya hablaremos más adelante- de la calle Mora Claros, nº2, 2º, tal y como hasta entonces venía ocurriendo, es decir, que se pariese en casa.
Al ser día de la Inmaculada, las campanas de la próxima Iglesia de la Concepción -a escasos 30 metros- iniciaron un sereno repiqueteo a la vez que yo recibía los primeros aires del húmedo invierno de Huelva, o tal vez debiera decir de mi casa. En cualquier caso, no sonaron para celebrar mi llegada al mundo -porque sería de lo más extraño que así fuese, sobre todo por como el tiempo me hizo situarme con respecto a estos temas ya de mayor-, lo que si está claro fue que ambos momentos corrieron juntos aquella mañana del año 1956, por lo que de un modo u otro fue algo más festivo y celebrado. En aquellos días, la ansiada venida de un varón a la casa, era especialmente celebrada por mi padre. Y muestras dio de que así fuera tiempo después.
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